El bodegón en el arte contemporáneo

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Concepto de bodegón
Un bodegón, también conocido como naturaleza muerta, es una pintura que representa objetos sin vida en un espacio determinado, como animales de caza, frutas, flores, utensilios de cocina, libros, armas o antigüedades, etc. Situado en el último escalafón de la jerarquía de los géneros, dado que no representa al hombre y prácticamente nunca introduce seres vivos, hasta hace poco más de medio siglo el género del bodegón, al igual que los pintores que a él se habían dedicado, eran prácticamente desconocidos y sus obras apenas si se cotizaban. Hoy por el contrario el bodegón es un aspecto de la historia del arte que apasiona, al mismo tiempo que los bodegones han revalorizado su cotización y se venden a precios muy altos.

Es posible constatar la existencia de bodegones desde tiempos remotos; había ya pintura de bodegones en la Grecia clásica, de los que tenemos documentos escritos, aunque las obras no han llegado hasta nuestros días. Después en el Imperio Romano tenemos ejemplos de bodegones tanto realizados al fresco, como numerosos testimonios en mosaicos. En la Edad Media se produce un retroceso de este género, y hay que esperar al Renacimiento para advertir una progresiva inclinación hacia la observación de la naturaleza y comprobar cómo desde una posición secundaria, los bodegones fueron progresivamente adquiriendo mayor importancia hasta conseguir ya a finales del siglo XVI un papel destacado. En efecto, al igual que los paisajes y los retratos, los bodegones comenzaron a introducirse con discreción en las pinturas religiosas, mitológicas o históricas. La naturaleza muerta surgirá como género independiente a principios del siglo XVII, cuando el resto de las categorías pictóricas ya habían conseguido su independencia, abriéndose desde entonces una época de esplendor para este género en casi todas las naciones desde el barroco a nuestros días.

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El bodegón barroco en Europa: países y significados
El artista plasma en el bodegón las características sociales, económicas y religiosas del ambiente en el que ha sido creado. Es por tanto un fiel reflejo de los temperamentos nacionales en los que fueron pintados, de manera que puede hablarse de un bodegón flamenco, holandés, francés, italiano o español.

El bodegón flamenco tiende a la exuberancia, es dinámico y de colores vivos y ricos, como fiel reflejo de una burguesía de comerciantes que tiende al lujo y la ostentación. El bodegón flamenco está muy vinculado también al espíritu de un ámbito católico de carácter triunfal y exultante. Se ha dicho que los bodegones flamencos constituyen los alimentos con que se alimentaban las figuras de Rubens.

A este género pictórico se consagró Frans Snyders, siendo el mejor bodegonista flamenco, centrado en el foco de Amberes. Por lo general, en sus bodegones aparecen animales que todavía no han sido preparados por el cocinero, tan sólo aparece algún trozo de carne desollada. Así preserva el carácter de trofeos de caza; muchas de las piezas ni siquiera están destinadas para el consumo, sino para ser disecadas. Por ejemplo, la carne del cisne adulto no puede comerse en razón de su gusto a aceite de pescado.

Por su parte, el bodegón holandés refleja el temperamento de un país de alto nivel social merced al comercio marítimo, y a la vez la mentalidad del protestantismo calvinista que huye de los alardes de ostentación. En consecuencia, el bodegón holandés se caracteriza por su moderación, austeridad y mesura

en las composiciones, aunque emplean objetos de lujo y calidad, pero utilizados con prudencia y comedimiento, muy lejos del aparato y despilfarro del mundo flamenco. Estos bodegones se caracterizan por sus colores pardos, verdes, grises o marrones –se habla de “comida monocroma”-, y por el gran estudio de calidades en los metales y vidrio.

Los principales representantes son Pieter Claesz y Willem Claesz Heda, ambos oriundos de Harleem. Sus bodegones aparecen dispuestos encima de una mesa, en ocasiones sobre un mantel blanco que aparece plegado. Se trata principalmente objetos de metal y cristal, de gran elegancia, en los que aparecen reflejos. Suelen estar agrupados, en ocasiones organizando un eje diagonal. En ocasiones el vidrio del vaso volcado – que además puede haberse quebrado-, la comida empezada, o las frutas demasiado maduras, rememoran la fragilidad de estos gozos demasiado terrenales. Por su parte, los motivos del limón que se ha comenzado a pelar, del mango de un cuchillo, o de un plato que sobresale de la mesa, sirven de pretexto para ejercicios de perspectiva en los que el pintor muestra su destreza, o permiten destacar la diversificación de texturas.

El bodegón francés es de gran elegancia y refinamiento, y en muchas ocasiones incorpora una determinada simbología. En algunos casos representa las artes pictóricas, como en una naturaleza muerta del pintor Jean-Baptiste Chardin: la paleta y los pinceles representan la pintura, los planos e instrumentos geométricos la arquitectura, y la escultura aparece mediante una estatua de Mercurio, mensajero de los dioses y patrón de las artes. A la izquierda los libros, el artes es una actividad intelectual, y una condecoración recibida por el pintor, con el que alude a la posibilidad de los artistas de ascender en la escala social. Por su parte, el pintor francés Lubin Baugin pinta un bodegón en homenaje a los sentidos, donde una copa de vino y el pan crujiente representan el gusto; los claveles sugieren el sentido del olfato; el laúd y el libro de música aluden al sentido del oído, y el monedero y las cartas sugieren el sentido del tacto. Nuestro sentido de la vista queda satisfecho con la contemplación de la pintura misma.

Con respecto al bodegón español, se aprecia una marcada tendencia hacia la sencillez y también una profunda espiritualidad. En un país de fuerte tradición católica, que sigue mostrándose reticente a mostrar los objetos por sí mismos o para el mero deleite de la vista, la naturaleza muerta se aferró a una justificación religiosa o moral. Aunque es imposible generalizar, en el bodegón español se tiende a exaltar la hermosura de lo sencillo en los ajuares, la frugalidad de las comidas y la belleza del ritmo compositivo.

En 1603, a los 43 años de edad y tras una amplia carrera como pintor, Juan Sánchez Cotán decide ingresar como hermano lego en la cartuja de Granada. Este acontecimiento supuso un cambio total en su pintura, ya que a partir de ahora es cuando inicia la serie de sus bodegones que le han dado fama universal. En ellos aparecen productos de la naturaleza colocados en el marco de lo que parece ser un nicho o una ventana. Conecta este espacio con el del espectador, colocando a propósito ciertos objetos de forma que sobresalgan del nicho, apuntando con brusquedad hacia el espacio exterior. Una intensa iluminación lateral modela fuertemente los objetos (frutas y verduras casi siempre), los cuales emergen de una sombra intensa.

Son siempre alimentos que estaban dentro de la dieta de los cartujos. Por ello se les conoce como “bodegones de Cuaresma”. Frutas como membrillos, manzanas, aparecen suspendidas, como era frecuente colocarlas, para evitar los golpes que podían recibir, mientras que en antepecho apoyan cardos, zanahorias y otras verduras o frutas resistentes. A través de las representaciones de modestas hortalizas y frutos que cuelgan con hilos en un espacio abstracto, Sánchez Cotán construye tanto un elogio a la simplicidad de las

cosas creadas por Dios como a la vanidad, es decir, una advertencia sobre el carácter efímero de todo lo que vive o crece en este mundo.

Por su parte, Zurbarán muestra su gran maestría con los objetos inanimados que incluye una y otra vez en sus composiciones religiosas: piezas de cerámica en los refectorios monacales, cestillos de costura en sus Vírgenes niñas, o platos metálicos con frutas de algunas de sus Sagradas Familias, todo ello con gran precisión y exactitud. Por tanto, era lógico que en ocasiones se erigieran en protagonistas absolutos de sus pinturas, alguna de las cuales adquiere un claro significado religioso. Así por ejemplo, en uno de sus bodegones todos los objetos están relacionados con la Virgen María. Y en 1638 pintó un cordero muerto que, evidentemente, no se trata de un trofeo no de un bonito animal, sino de un símbolo sacro, el Agnus Dei o Cordero de Dios que el pintor decide coronar con una leve aureola.

También es característico –aunque no exclusivo- de España el bodegón como “memento mori” o recordatorio de la muerte, del que el vallisoletano Antonio de Pereda es uno de sus principales representantes. En la mayor parte de sus naturalezas muertas se representan objetos que simbolizan el poder y la riqueza temporal, a la vez que se alude a su fugacidad: coronas de reyes, tiaras papales, mitras, armas y armaduras, o globos terráqueos –símbolo de la expansión territorial y de los sueños de riqueza-. Es decir, se muestra claramente la inutilidad de los bienes de este mundo, la vanidad de las cosas terrenas: las riquezas (bolsas de monedas, cofres y joyas); la belleza física (flores en el vaso); las glorias militares (armas, armaduras y laureles); la ciencia y el saber (libros); los placeres del amor (miniatura, retrato, naipes, partituras de música); el triunfo de la muerte (cirio apagado y calaveras); paso del tiempo (reloj, pompas de jabón).

 

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El bodegón en el arte contemporáneo
En el Impresionismo, Manet y Renoir se muestran como dos magníficos bodegonistas en cuadros de temática más amplia. Así por ejemplo, a Manet le agradaba mucho pintar bodegones, y a menudo los integra en telas de otros géneros. Sobre todo flores, pero también objetos. Llega a definirlos como “la piedra angular de la pintura. Un buen pintor se reconoce por su capacidad para expresar la simplicidad de un fruto”.

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Heredero de los valores del Impresionismo es el Postimpresionismo, con artistas para quienes el bodegón constituye una parte importante de su producción, caso de Cézanne y Van Gogh.

Muy apropiados a su lenguaje formal, Cézanne decide introducir en sus temas los bodegones, que son estables, tienen una forma definida, un volumen, y además se puede hacer la composición que se desee, modificándola como uno quiere. En sus bodegones, el pintor francés decide aplicar el volumen de la esfera, y también el del cilindro y el del cono. Frutas de formas redondeadas, jarros y botellas cilíndricas, y copas cónicas, constituyen el repertorio básico de sus naturalezas muertas. En otras ocasiones aparecen también jarras, ollas y platos, y muchas veces un solemne mantel blanco, que da a los cuadros un cierto acento barroco, al estilo de los bodegonistas holandeses. En los frutos es donde mejor logra configurar los volúmenes, valiéndose de una refinada combinación de colores. Son bodegones desordenados con la intención de evitar cualquier sensación de artificio, pues no trata de producir una ilusión perfecta.

Still Life with Commode Paul Cezanne

Por su parte, el holandés Vincent Van Gogh pintó varios bodegones que en la mayoría de las ocasiones se convierten en fiel reflejo y testimonio de sus sentimientos y estado de ánimo. Es el caso de sus lienzos de girasoles, destinados a la decoración de la habitación de Gauguin en la casa amarilla de Arlés. Destaca la individualización que hace el artista de cada una de las flores, recuerdo de la pintura japonesa. Las flores están trazadas con meticulosa precisión; sin embargo la pastosa aplicación del color, la caótica disposición de las hojas, la fuerza luminosa que surge de su interior ante el fondo azul celeste dotan al cuadro de un significado que va mucho más allá de la simple reproducción de unas flores. Estos girasoles encarnan la imaginación del artista, su identificación con ellos, y son el exponente de esa profunda fuerza expresiva que parecen haberle sugerido. Por su parte, la Silla de Vincent se convierte en emblema de lo sencillo y lo natural, así como en metáfora de la profunda soledad que experimenta el pintor.

El bodegón es también uno de los temas más frecuentes de los pintores cubistas. Picasso, Braque o Juan Gris recurren a este género con frecuencia, representando los objetos de forma fragmentada y, en ocasiones, empleando otros materiales además de los pigmentos, como hojas de periódicos o papeles de colores, creando auténticos “collages”.

Los girasoles
Los girasoles

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El pintor surrealista Magritte emplea en sus bodegones elementos de uso cotidiano, con los que compone escenas que causan extrañeza, recurriendo una vez más al recurso a la paradoja con el que consigue suscitar efectos de desconcierto, sorpresa y misterio sin parangón en la pintura de su época. Así ocurre por ejemplo en su famosa obra La traición de las imágenes, a la que se refiere de la manera siguiente: “¿La famosa pipa? No se cansaron de hacerme reproches. Pero, ¿puede usted llenarla? No, claro. Se trata de una mera representación. Si hubiese puesto debajo de mi cuadro: Esto es una pipa, habría dicho una mentira”. La frase se trata de una explicación engañosamente simplista, porque alude a que la pintura no es la realidad sino sólo pintura.

La-traición-de-las-imágenes-1929

Por último, el máximo representante del Pop Art, Andy Warhol, se convierte en autor de los nuevos bodegones del siglo XX. Warhol siempre manifestó que con su pintura quería representar la sociedad de su época, por cuanto a su juicio un pintor tiene la obligación de plasmar en sus obras la sociedad en la que le ha tocado vivir. En este sentido, las sopas y las verduras enlatadas, y las bebidas embotelladas, dicen más sobre nuestras costumbres, que la mayoría de los testimonios culturales. Las sopas Campbell, la Coca Cola, el detergente Brillo y el tomate Heinz representan una forma y un nivel de vida. Informan sobre la humanidad en la segunda mitad del siglo XX, sobre las técnicas de producción y conservación, así como sobre las costumbres alimenticias colectivas, en definitiva, sobre las formas humanas de comportamiento, algo que será estudiado con sumo interés por los antropólogos del futuro. Cuando Warhol eligió los botes de sopa Campbell o las botellas de Coca Cola, como motivos de su arte, los elevó a la categoría de verdaderos iconos de la cultura contemporánea. Esto fue posible merced a la decisión de un artista que, por así decirlo, los ennobleció y les concedió el rango de obras de arte. Al trasladarlas al lienzo, las elevó artísticamente y las condujo de los supermercados a las galerías de arte. En definitiva, “el gran mérito de Warhol no fue pintar cincuenta latas de sopa, sino la idea de pintar cincuenta latas de sopa” llegó a afirmar Marcel Duchamp.

* Javier Azanza, Universidad de Navarra
Clase de Introducción a la historia del arte

1 reply to El bodegón en el arte contemporáneo

  1. “Al trasladarlas al lienzo, las elevó artísticamente y las condujo de los supermercados a las galerías de arte” afirmas, y yo me atrevería a seguir, “y de paso, convirtió a su vez a las galerías de arte en supermercados”, cuando no a los museos.

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