Historia de una escalera

| Kate Nash – Do Wah Doo

Pensémoslo un momento. ¿Dónde están hoy la mayoría de las escaleras? En un rincón, o allí donde menos espacio ocupen. Si pueden ser de caracol, mejor, pues menos espacio robaremos al resto del salón. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Historia de una escalera. Comencemos.

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que, una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y que luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular… Es el comienzo del cuento de Julio Cortázar, Instrucciones para subir una escalera. Hoy, la escalera es funcional, y poco a poco va desapareciendo. ¿Quién elige las escaleras pudiendo acceder en ascensor?

Sin embargo, no siempre fue así de fácil. En un principio las escaleras se construyeron al aire libre, y fueron los arquitectos griegos quienes inventaron los peldaños. Pensaron, por ejemplo, la distancia entre escalones. O, por ejemplo, que podían dividirse en 2 o 3 tramos (cálculos basados en el Teorema de Pitágoras, en armonía con el resto del edificio); dimensiones que se mantuvieron durante siglos por su perfección y simetría.

En la Edad Media desempeñaron sobre todo funciones militares, por eso lo normal era que estuviesen en torre, en miradores de castillos o conventos.

Pero el aporte más importante de los medievales fueron las escaleras en forma de caracol. Es verdad que al principio eran muy estrechas y sin descansillos (recuerdo el viaje a Oporto de hace unos meses y las escaleras de la Torre de los Clérigos de más de 240 peldaños), pero después ganaron en comodidad. Llegamos, por ejemplo, a hacer cosas como la Escalera Dorada de la Catedral de Burgos.

Renacimiento. Palacios y palacetes del siglo XIV hicieron que se repensara el diseño de las escaleras de modo renovado. Por contra, se ponen de moda las escaleras rectas.

Destacan de esta etapa las escaleras suspendidas de ojo central: la rampa gira alrededor  del hueco con una tendencia a abandonar las barandillas superpuestas y se eliminan los pilares. ¿Qué se consigue? Mejoran su perspectiva y la comodidad del que las sube o baja y se logra en definitiva una mayor armonía entre la planta y el alzado.

Una de las escaleras más bellas del renacimiento fue la Escalera Laurenciana, diseñada por Miguel Ángel. Peldaños amplios que se abren en forma de abanico creando un efecto de amplitud que engaña al ojo, muy propio del Barroco (aquí el artista, adelantándose a lo que vendrá después).

Barroco. La exuberancia de este periodo nos muestra a una sociedad entregada de lleno a los sentidos y al aspecto teatral de la vida. En pleno espíritu de la Contrarreforma, la Iglesia necesitaba enviar un mensaje claro. No sabían leer, no sabían escribir, necesitaban apelar por todos los medios, no a la razón, sino a los sentidos.Y las escaleras también entran aquí: como metáfora del espíritu que se eleva al ascender por ella y que sirve de nexo de unión entre lo terrenal y lo celestial. ¿Dónde? Muy lógico: en el espacio central, bajo cúpulas o en su defecto techos decorados por frescos (techos rotos, Caelum in terris). Un ejemplo, el Escorial.

En el Barroco la escalinata tiene un gran desarrollo artístico, y aparece sobre todo en fachadas y jardines. No hay efecto más teatral que ir accediendo a un edificio mientras vamos observándolo desde distintos puntos de vista. ¿Cómo?: si el recorrido ascendente y descendente lo hacemos de modo zigzagueante. Así ocurre, por ejemplo, en la catedral de Santiago de Compostela.

Las escaleras curvilíneas se prolongan hasta el siglo XIX. Están basadas en la escalera de caracol, pero ahora se muestran independientes. Es ahora cuando se estudian sus estructuras, para poder hacerlas más ligeras, y así jugar con ellas, complicando los tramos y sus trazados (cuatro centros, doble curvatura…). Charles Garnier lo tuvo muy claro. ¿Para qué va la gente a la ópera? ¿Para ver la ópera? No lo creyó así. En la sociedad parisina de fin de siglo, casi era más importante los descansos que el propio teatro. Las escaleras: para ver y ser vistos. En el centro, amplias, con vistas y con la perspectiva suficiente para ser observadas desde los pasillos superiores.

En el s. XX se empiezan a imponer las escaleras de hormigón armado que produce una continuidad total en las rampas. Con el racionalismo su posición remarca los volúmenes y se muestra con una estética depurada en formas y elementos.

Por si alguien está más interesado, por internet circula un artículo muy intersante, de Natalia González Zaragoza. Historia de una escalera.

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