Tesoros de una guerra

| Angels & Airwaves – The War

Fotografía: Dora Maar

Él es Pablo Picasso. Tenía 56 años y estaba trabajando su próxima obra, el Guernica, que se colgaría en las paredes del pabellón español en la Exposición Internacional de París de 1937. Sí, un encargo propagandístico del que se hizo una obra de arte. Fue el gobierno de la República Española quien le pidió algo que atrajera la atención del público hacia la causa republicana en plena Guerra Civil.

“¿Qué cree usted que es un artista? ¿Un imbécil que sólo tiene ojos si es pintor, oídos si es músico, o una lira que ocupa todo su corazón si es poeta? Bien al contrario es un ser político, constantemente consciente de los acontecimientos estremecedores, airados o afortunados a los que responde de todas maneras. No, la pintura no se hace para decorar pisos”.

Explicaba enfadado Picasso a un periodista. Pero olvidaba algo. No, no hay en el nada concreto en los casi 8 metros de lienzo que haga referencia a tal Guerra. Ni siquiera a la localidad de Guernica. No estaba consiguiendo sólo propaganda, una imagen autómata, sin valor alguno de emoción, que pronto no tendría más que valor de documento. Hablando de su tiempo, pero a ningún otro. En absoluto. Picasso había creado un símbolo y, además, uno de los iconos del siglo XX, símbolo de los terribles sufrimientos con los que las guerras golpean a los seres humanos.

¿Una idea nueva? No lo parece. Pablo Rubens, exactamente 300 años antes (1637), pintaría su obra Los horrores de la guerra. Mismo fondo literario y mismo estilo compositivo. ¿El Guernica mirado en un espejo?

¿Y qué le habría ocurrido a Rubens si el encargo lo hubiera recibido en el siglo XX? Posiblemente, lo mismo que a Picasso. La primera imagen que el artista recibió del bombardeo fue a través de los periódicos franceses, lo que lleva a pensar que interiorizó el horror de esa manera, y por ello la auteridad cromática, simplificandola a tonos grises.

En la década de los 40, y con Franco al mando, Picasso dejó que el Guernica se llevara hasta Nueva York, para su exposición en el MoMA (Museo de Arte Moderno) pero con la condición de que se devolviera a España cuando se diera un cambio de política. Y así fue, en 1981 la obra voló hasta Madrid, al Casón del Buen Retiro. Nueva York lo despidió llorando, dice el periódico Ya. Nueve años más tarde se colgaría en el Museo Reina Sofía, donde se quedó definitivamente hasta hoy. No exento de polémicas.

Pero en 1981 estuvo claro, y el 10 de septiembre llegaba a Madrid. Así lo cubrió la prensa española: la noticia, ocupando portadas. ¿Sería hoy igual?

Este es el fantástico especial multimedia que publicó El Correo de Bilbao. Para su versión en papel, preparó un bonito infográfico, analizando el cuadro y sus símbolos.

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