Uno, un poco, se convierte en lo que ama

He encontrado un fragmento en un libro que, aunque parezca evidente, quizá nos ayuda a comprender cosas de nosotros que hacemos, pensamos o somos pero para las que no tenemos explicación.

Cuando comencé la universidad, Beatriz, una de las mejores profesoras que tuve, nos insistía muchas veces en que se aprendía por envidia. Envidia de la mala, de esa que cuando lees un texto piensas “ojalá lo hubiera escrito yo”. Esas acciones de envidia pueden formar incluso una colección. No solo en el día a día, sino con la suma de todas aquellas que nos ocurren a lo largo de nuestra vida.

Nuestras envidias son también nuestras inspiraciones. Qué escuchamos, qué vemos, cómo vestimos, cómo nos comportamos, qué leemos y cómo leemos… en parte, se lo debemos un poco a ellas. Nos guían y nos muestran el camino que, de manera intuitiva, vamos siguiendo.

Qué importantes son. Es inevitable, somos un poco ellas. O, como dice Tizón, somos lo que amamos.

Uno, un poco, se convierte en lo que ama. Resulta inevitable. Un ser humano termina pareciéndose a lo que sueña. El carpintero, a su silla. El astrónomo, a su eclipse. A ti una noche te creció una barba rusa, intensa, de tanto leer a los rusos, y al levantar la vista del libro te descubriste con gafas miopes y ojos peterburgueses reflejado en los espejos, y ya eras otro, soy otro. Todos somos otros cuando alguien nos ama o deja de amarnos.

“Velocidad de los jardines”, Eloy Tizón

Imagen portada: “Tchaik Chassay y Melissa North, diseñadores de la casa de David Hockney, para Nowness. 

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