«Cirugía en el quirófano del Prado»

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Expulsión del Paraíso, por Masaccio

No, chicos, mal hecho. Desobedecer no estuvo bien. Se les avisó y ahora tienen lo prometido. No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte. Pero comieron. Y cuando Dios les preguntó por qué lo habían hecho, la mujer respondió: La serpiente me sedujo y comí; y a Adán no se le ocurrió nada mejor que: La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él. Señalaron con el dedo a quien pudieron, pero ser cobardes no les sirvió esta vez. Adán y Eva estaban fuera. Expulsados del Paraíso.

Miren a Adán. Incapaz de dejarnos que le veamos la cara, inundada de autoconciencia, en un patético gesto de taparse con las manos la vergüenza. Tarde. Miren a Eva, los ojos devorados por el llanto de dolor. Y ahora miren la puerta, ¿lo ven?, demasiado estrecha, ya no hay vuelta atrás.

Esto es lo que quiso Massacio, pintor del Quattrocento italiano. Aquel que jugó tanto con las líneas que terminó por hacer un boquete en la pared. Descubrió la perspectiva y revolucionó el arte. Murió con 27 años, envenenado, dicen. Fuera como fuese, a saber qué hubiera llegado a hacer de haber vivido más tiempo.

Autorretrato, por Alberto Durero

Un siglo después, y en Alemania, un joven llamado Alberto se abría paso entre los artistas del renacimiento alemán. También se interesó por la perspectiva y siguió la herencia de Masaccio. Sin embargo, en sus tratados se preocupó también por las proporciones del cuerpo humano. Pero, en serio, ¿quién se atrevería a realizar un desnudo en el siglo XVI para demostrar que sabía pintarlo? Bueno, debió pensar, Adán y Eva eran felices en el Paraíso sin sus ropas hasta que fueron expulsados.

 

 

 

 

 

 

Adán y Eva, por Alberto Durero

Y fue uno de los primeros desnudos a tamaño natural de la historia de la pintura alemana. Aquí, el conocimiento del cuerpo humano raya una altura prodigiosa y al tiempo que la exactitud del dibujo revela un pulso de grabador único. Era Alberto Durero. ¿El tema? Un mero pretexto. Si Masaccio quería que nos quedase muy claro que somos unos pecadores y pagamos por ello, Durero, digamos, le importaba un poco menos. Por eso el momento elegido no es la expulsión. Demasiado drama que despistaría la verdadera intención: mostrar la magistral interpretación del cuerpo humano.

¿El lienzo? En el Museo del Prado, en plena restauración. Una de las restauradoras se llama Mayte, y por sus manos han pasado, por ejemplo, las Meninas. Las dos tablas, dice, han sufrido mucho. Estuvieron muchos años sufriendo humedades brutales en los sótanos del Casón del Buen Retiro. La serpiente está prácticamente reventada por la tensión de las tablas. Nos lo cuenta muy bien Ángeles García, de El País, quien entró al taller de restauración del Museo para ver el proceso de cerca.

Las cámaras de Rtve también entraron al taller:

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